Devenir Desviadxs

Article and photos:  Ana María Agredo González

Event: La fiesta de Jerry
Venue: Casa Gomorra

Si hay algo por donde quisiera empezar, es por el juego de palabras que seduce al pronunciar las palabras histeria y aquelarre. Ambas, han sido discursos materializados en el control de la sexualidad femenina, ambas han querido irrumpir o regular la libido sexual de mujeres con manos “experticias” en sus cuerpo y sus placeres.

Tradicionalmente la histeria, palabra que proviene del griego hystera que significa útero, era asociado con el desequilibrio humoral, como si el útero se desplazara y generara cambios abruptos de comportamiento; de esta manera las mujeres eran desplazadas a la patologización, al encierro en clínicas como la Salpêtrière, donde el cuerpo de la enferma era sometido a múltiples diagnósticos, seguimientos, donde lo natural se constituía en funciones biológicas y morales. Estas mujeres nerviosas, que no sólo fueron producto de un contexto de represión victoriana, fueron el foco central para desacreditar al feminismo de las sufragistas.

No parece causal, que en el momento en que estaban las sufragistas luchando por el acceso a la universidad, el derecho al voto, sean catalogadas como mujeres perturbadas, con síntomas como reacias al matrimonio o especialmente independientes y activas. Así, empezamos entonces a ver que el feminismo como la histeria se convierten en formas desviadas del cuerpo y el discurso femenino.

De esta manera, si repensamos la palabra aquelarre, una de las asociaciones mas rápidas es pensar en las brujas y la persecución a muchas mujeres, literalmente torturadas y quemadas por conocer del cuerpo y la sexualidad, por retar los parámetros normativos y por ejercer sus conocimientos.

Ahora bien…¿en qué se relaciona la palabra histeria y aquelarre con la palabra queer?

Hace unos cuantos meses, en mi casa, la Casa Gomorra, asistió una cantidad de gente a la fiesta de Jerry. Lo suficiente para que los cuerpos sudorosos no dejaran duda con el roce cercano, íntimo, casi siamés con los demás cuerpos. La fiesta de Jerry, convocaba a las personas trans, inter, pro, panx, bi, les, gay, no gay, etc, todas y cada una de las posibilidades de género desbordables. La fiesta con temática pijamada, quedó plasmada en la desnudez, cosa que claramente irrumpe el esquema comercial y publicitario donde todxs vamos a dormir empijamados, pues no, la verdad es que todxs vamos a dormir desnudos o semidesnudos.

La calentura era por todos lados, paredes, retículas y cualquier espacio meticuloso por donde pasaras estaba inundado de sexualidad; en esta casa de dos pisos, cada vez que bajaba las escaleras podías oler y dimensionar la magnitud de gente que bailaba en la casa. Entre cuartos se respiraban poses poliamorosas, pero también, hubieron encuentros y desencuentros sexuales, también algunas personas no se sintieron bien con el voltaje como decimos en Colombia. Claro que mi tono podría exagerar la situación, así que solo imaginen un ambiente donde literalmente se respira la sexualidad diversa, los cuerpos sin censura, la desnudez política, y el placer resignificado.

Esa misma noche, realicé un ejercicio visual, instalé un altar en un cuarto de la azotea que se construyó con imágenes de porno gay trans y hetero, donde poco a poco según la ebriedad, la gente iba contando algún pecado sexual. De todas las maravillas sexuales, El Confesionario, terminó por ser un rumor de pasillo, tanto que cuando terminé, gente se me acercó a preguntar si aún podía grabarlos. Para mi sorpresa y comodidad, la palabra pecado sexual estaba llena de simbolismos, tabúes, y morbo que todxs quería exorcizar o experimentar de alguna manera.

Entre historias varias como me follé a mi amiga sin que ella quisiera, se la chupé a un policía por que me gustó, confesar ser lesbiana, o me follo a mi prima hermana, como las calenturas en los coches, etc,  la fiesta de Jerry, a mi modo de ver, nos sitúa en las reflexiones contemporáneas sobre la palabra queer.

Hace unos párrafos atrás, hacia la pregunta entre la relación de histeria, aquelarre y queer.

Bueno, primero el contexto de la palabra histeria con el feminismo son discursos señalados como desviados; el aquelarre de las brujas, fue tan desviado que murieron muchas mujeres en la hoguera; y si de algo nos habla el pensamiento queer es de situarse desde lo desviado, lo incómodo, lo que es raro.

Brujas, feministas, y mujeres siendo controladas por manos patriarcales en sus vagina, patologizadas como locas, hacen parte ahora de todo este juego curioso que es la teoría queer. Es aquí donde se cruza el pensamiento feminista con lo queer, es aquí donde debemos situarnos y no distanciarnos. Si bien lo queer en su breve literalidad refiere a la deconstrucción del binarismo de género, las brujas feministas tienen mucho que aportar a nuestros esbozos teóricos y artísticos. Las histéricas, como las mujeres del aquelarre, son nuestra manada furiosa, que revindica y posibilita que hoy en día lo queer sea una posibilidad de situarnos en palabras de Haraway, con el ojo bien abierto, mirando.  En ultimas, para mirarnos raro, para conocer nuestra mirada desviada, primero, hay que horizontalizar el discurso y la política de las mujeres desviadas de nuestra historia. NO hay revolución más bella donde todas las deconstrucciones posibiliten la bomba experimental de sacudirse el velo moral, hay que convocar en cada rito y mito “contemporáneo”, nuestras brujas histéricas feministas, para que lo queer no sea solo un comodín conceptual y seductor, sino, un devenir abyecto.

Que aquelarre más bello no sería el de ver los cuerpos abyectos sin ropa, uno con uno, con otra, con todxs y ninguno, con poder y posición de habitar.

Que aquelarre más bello no sería el de ser partícipe y espectador, voyerista y orador de la sexualidad del borde.

Acá… ¡sí!, desde la línea, desde ese imaginario fronterizo… a quienes nos identificamos con las posturas queer.

Aquí desde el margen, suceden y trasgreden los genderfucker.

Acá estamos en nuestro aquelarre, en nuestro rito y conjuro de bebidas corporales, como de ideas.

Acá mezclamos el brebaje del feminismo con los tacones políticos del vello varonil. Aquí, en este aquelarre queer, se vive y se transmite de generación espontánea, es decir, al que le dé la gana,  a él o ella o x que quiera, vivir y transmutar en alienígena del saber incierto del placer, aquí, se le inyectará la dosis única y eterna de la histeria colectiva, porque manada que aúlla permanecerá unida.